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¿Existen las generaciones políticas? Reflexiones en torno a una controversia conceptual

Do Political Generations Exist? Reflections Around a Conceptual Controversy

¿Existem as gerações políticas? Reflexões em torno de uma polêmica conceitual

Francisco Longa 1
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), Argentina

¿Existen las generaciones políticas? Reflexiones en torno a una controversia conceptual

Iconos. Revista de Ciencias Sociales, núm. 58, 2017

Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales

Recepción: 17 Febrero 2016

Aprobación: 26 Enero 2017

Resumen: La conceptualización y aplicación de la noción de “generación” ha sido objeto de múltiples debates en el campo de la teoría social contemporánea. En el presente texto, se presenta el recorrido que tuvo la utilización del concepto en el campo de la teoría social, desde sus primeras aplicaciones hasta los enfoques contemporáneos. A su vez, se da cuenta de las principales impugnaciones actuales a la utilización de esta noción, para sustentar finalmente un posicionamiento propio respecto al debate, que rescata la pertinencia del concepto de generación política para la comprensión de las dinámicas de los movimientos sociales, en función de una perspectiva amplia y comprensiva.

Palabras clave: generación, cohortes, teoría social contemporánea, generación política, ethos militante, movimientos sociales.

Abstract: The conceptualization and application of the notion of "generation" have been the subject of many debates in the field of the contemporary social theory. This article presents the path that the use of the concept in the field of social theory has had, from its first applications to the contemporary approaches. At the same time, the main current challenges to the use of this notion are noted, in order to support its own positioning concerning the debate, which rescues the relevance of the concept of political generation for understanding the dynamics of social movements, in function of a broad and comprehensive perspective.

Keywords: generation, cohorts, contemporary social theory, political generation, militant ethos, social movements.

Resumo: A conceituação e aplicação do conceito de "geração" tem sido muito debatida no campo da teoria social contemporânea. Neste texto, se apresenta o percurso que teve o uso do conceito no campo da teoria social, desde as suas primeiras aplicações até as abordagens contemporâneas. Em paralelo, se consideram as principais impugnações atuais à utilização desta noção para sustentar finalmente um posicionamento próprio frente ao debate, o qual resgata a pertinência do conceito de geração política para a compreensão das dinâmicas dos movimentos sociais, em função de uma perspectiva ampla e abrangente.

Palavras-chave: geração, grupos, teoria social contemporânea, geração política, ethos militante, movimentos sociais.

Los primeros abordajes



El pasado muere y renace en cada generación.

Fuente: José Carlos Mariátegui (1926)

La conceptualización y aplicación del concepto de “generación” en la teoría social en general y en el campo de la sociología en particular ha sido objeto de múltiples polémicas, principalmente en torno a los supuestos teóricos que sustentaban cada enfoque para determinar la constitución de una generación. En los desarrollos inaugurales, se identifica dos corrientes de pensamiento, una positivista representada por Augusto Comte y otra historicista en la cual se inscribe la obra de Wilhelm Dilthey.

Hacia mediados del siglo XIX, surgió el primer antecedente académico serio para el estudio de las generaciones: “Augusto Comte (1798-1857) es quien inaugura –hasta donde llegan mis noticias– el estudio científico de las generaciones” (Marías 1949, 25). La perspectiva positivista de Comte lo llevó a identificar a las generaciones a partir de criterios cuantitativos, plausibles de ser medidos y proyectados en el tiempo. De esa forma, el supuesto que subyacía a la confección de generaciones en Comte era el de un progreso evolutivo marcado por la línea sucesoria en el tiempo entre generaciones.

A diferencia del énfasis en indicadores medibles y cuantitativos para la confección de una generación, la perspectiva sociohistórica de Dilthey se centró en la experimentación compartida de determinados hechos históricos por un grupo de individuos. Pierpaolo Donati sostuvo que, para Dilthey, una generación se define como “una entidad constituida por un conjunto de individuos que han vivido en el mismo momento una experiencia histórica determinante e irrepetible, obteniendo de ella la propia orientación moral y el sentido de compartir un destino común” (Donati 1999, 2). Más allá de recalcar el sentido compartido, el acento, en la perspectiva de Dilthey, estaba puesto en la contemporaneidad cronológica: “Aunque Dilthey emplea la palabra usual “contemporaneidad” (Gleichzeitigkeit) en rigor piensa en lo que Ortega llama, con exactitud conceptual, coetaneidad: se trata de individuos que no solo conviven en el mismo tiempo, sino que tienen una infancia común, una juventud común, es decir, la misma edad” (Marías 1949, 62). Según Marco Martin, Dilthey sugiere que una generación se define sustancialmente “por el hecho de que es un conjunto de personas que cohabitan en un tiempo en común, el cual (…) les identifica gracias a una condición de convergencia social, por lo mismo, ello los conduce a sentirse próximos en una multiplicidad de facetas de la existencia” (Martin 2008, 102).

Como se observa, si bien la perspectiva de Comte y la de Dilthey conservan diferencias, también tienen en común la importancia de compartir las dimensiones de tiempo y espacio como factores decisivos al momento de conformar una generación. Estos primeros usos del concepto de generación buscaron realizar una agregación de individuos en una clasificación que priorizaba el momento biológico del nacimiento y del desarrollo de las diferentes etapas de sus vidas, dando por sentado un conjunto de etapas sólidas y cronológicamente ordenadas. Es así que se daba por hecho que un conjunto de personas que compartían la edad biológica tendrían en común al menos dos aspectos: el desarrollo de los ciclos de sus vidas y las experiencias históricas que atravesaran (Braungart y Braungart 1986). En una línea similar, Robert Wohl sostuvo que “la comunidad más verdadera a la cual uno puede pertenecer es aquella definida por la edad y la experiencia” (1979, 203).

Estos primeros enfoques acerca de las generaciones –donde las experiencias vividas en la etapa de la juventud tenían un rol determinante considerando a la adolescencia como momento biológico en el cual operan rasgos decisivos de la socialización de las personas– expresan un imaginario común que atravesó los siglos XVIII y XIX en los países centrales. Desde la literatura, por ejemplo, el poeta y novelista alemán Johann Wolfgang von Goethe sostuvo que “la mirada fundamental del mundo de cada persona está determinada por las experiencias de la juventud con miembros de la misma generación, ligados entre sí por lazos de mutuo entendimiento, que los distinguen de los otros” (citado en Esler, 1974).

Otras miradas clásicas del término generación pusieron atención en la descendencia familiar como sucesión de generaciones entre padres e hijos, acentuando la influencia del “linaje” de familia. No obstante, se ha sostenido también que la descendencia, además del influjo familiar directo, es el resultado de una multiplicidad de factores tales como el contexto social, el tipo de relación intrafamiliar, entre otros (Braungart y Braungart 1986).

Nuevas miradas en los albores del siglo XX: Karl Mannheim y José Ortega y Gasset



Parece que, por primera vez en la historia, los hombres de nuestra época necesitamos saber, con insólita urgencia, qué es una generación y a qué generación pertenecemos.

Fuente: Julián Marías (1949)

El desarrollo de la teoría social moderna retomó los aportes mencionados por Dilthey respecto al uso de las generaciones, a la vez que buscó disminuir la centralidad que el mismo le otorgaba a la contemporaneidad cronológica en la constitución de una generación. En ese marco sobrevino la obra de Karl Mannheim, quien abreviando tanto los aportes de Dilthey como de Comte, sostuvo que una generación no se constituye solamente por la contemporaneidad cronológica: “Es fácil demostrar que la contemporaneidad cronológica no basta para constituir situaciones de generación análogas (…) no se puede hablar de una situación de generación idéntica más que en la medida en que los que entren simultáneamente en la vida participen potencialmente en acontecimientos y experiencias que crean lazos” (Mannheim 1990 [1928], 52).

En El problema de las generaciones, su célebre artículo de finales de la década de 1920, Mannheim indagó la cuestión de las generaciones en clave marxista, tendiendo puentes entre la pertenencia a la clase social y la adscripción generacional, ampliando el espectro etario que se encontraba en la mirada de Dilthey. Ulrich Beck señala que el acento de Mannheim está en “la importancia de los acontecimientos históricos traumáticos en la creación de una conciencia generacional” (Beck 2008, 20). El enfoque generacional de Mannheim asigna vital importancia entonces a los procesos culturales y sociales (entendidos además como procesos dinámicos e incluso contradictorios) en la pertenencia tanto a una clase como a una generación. En tal sentido, una generación se convierte en “generación efectiva” en tanto experiencia común de ciertas dinámicas sociales (Mannheim 1990 [1928]). Es así que para este autor existen generaciones biológicas y generaciones sociales, e incluso puede cohabitar, dentro de una generación, un número variable de unidades generacionales que elaboren su experiencia común en formas diferentes. Como se ve, la perspectiva de Mannheim minimizó los sesgos biologicistas para la determinación de las generaciones en una sociedad, ampliando significativamente el espectro de dimensiones y sentidos que se encuentran involucrados al momento de constituir una generación, de tal forma que habilitó un nuevo marco conceptual para la utilización del término “generaciones” al interior de la sociedad.

Contemporáneo a Mannheim pero desde España, la obra de José Ortega y Gasset también dio centralidad a la cuestión de las generaciones. Hacia la década de 1920, el filósofo español publicó La idea de las generaciones, donde desde conceptos como “sensibilidad vital” y “misión histórica”, sostuvo que los grupos etarios que comparten una misma época definen sus objetivos colectivos “históricos” en función de una sensibilidad vital común. Esta sensibilidad compartida, en la propuesta de Ortega y Gasset, queda circunscripta a las capas mejor preparadas de la sociedad, fiel a su concepción elitista del ordenamiento social. Para este autor, el concepto de generación estaba relacionado con la constitución de un grupo particular de la sociedad que terminaba siendo el portador de un nuevo espíritu de época:

las variaciones de la sensibilidad vital que son decisivas en historia se presentan bajo la forma de generación. Una generación no es un puñado de hombres egregios, ni simplemente una masa: es como un nuevo cuerpo social íntegro con su minoría selecta y su muchedumbre, que ha sido lanzado sobre el ámbito de la existencia con una trayectoria vital determinada. La generación, compromiso dinámico entre masa e individuo, es el concepto más importante de la historia, y, por decirlo así, el gozne sobre el que ésta ejecuta sus movimientos (Ortega y Gasset 1923, 147).

Esta perspectiva generacional supone para el español que las “nuevas” generaciones son las responsables de llevar a cabo la misión histórica de proveer cambios e innovaciones en su época. Si bien el autor parte de lo que denomina “método histórico de las generaciones”, el mismo “que permitiría entender el curso de la historia partiendo de la idea del relieve generacional que tenía lugar cada 15 años” (Leccardi y Feixa 2011, 25), ello parecería enfatizar la sustitución de las generaciones como un comportamiento social regularizado. Recientemente Zygmunt Bauman apuntó que en Ortega y Gasset la atención está puesta, en cambio, en la superposición entre generaciones: “Los límites que separan las generaciones no están claramente delimitados, no pueden dejar de ser ambiguos y traspasados y, desde luego, no pueden ser ignorados” (Bauman 2007, 373). La cuestión central en torno a esta superposición se da en relación con un supuesto restrictivo por el cual “no todos los contemporáneos se pueden considerar contemporáneos” (Leccardi y Feixa 2011, 25). En este enfoque subyace la tensión entre las élites ilustradas y las masas, tensión neurálgica en el pensamiento orteguiano y que fue trabajada por varios autores (De la Vieja 2000; Villacañas Berlanga 2011).

Otros aportes destacados desde la teoría social europea al “problema de las generaciones” se encuentran en las obras de los historiadores Benedetto Croce y Johan Huizinga. Es interesante destacar las críticas de este último, quien objetó el criterio biologicista al momento de establecer una generación. Para Huizinga, el análisis a partir de generaciones contiene una lógica siempre inaceptable (Huizinga 1946) en la medida en que, si se establece una generación a partir de un determinado año, verbi gratia 1970, también se debería reconocer la existencia de otra generación cuyo punto de partida sea 1971 y luego 1972, y así sucesivamente: “Desde un punto de vista biológico todas estas series tienen absolutamente el mismo valor... Es imposible presentar como fase de desarrollo de un determinado fenómeno histórico la generación de por sí, es decir, un período que, biológicamente hablando, es y será siempre completamente arbitrario” (Huizinga 1946, 81). Coincido con Julián Marías (1949) en que precisamente la crítica biologicista de Huizinga termina por reproducir una mirada meramente naturalista y, paradójicamente, también biologicista. Por el contrario, “la doctrina de las generaciones, rectamente entendida, significa, ni más ni menos, trascender del naturalismo en la interpretación de la realidad histórica” (Marías 1949, 131).

Fue justamente Marías quien, hacia finales de la década de 1940 y desde España, sistematizó la génesis del concepto de generación en un trabajo riguroso y sustancial. En ese trabajo, reunió en seis grupos los cuestionamientos al concepto de generación (Marías 1949, 161 y ss.); entre ellos, interesa rescatar la crítica a la componente cuantitativa de la duración de una generación, que varios autores habían cifrado en 30 años y el propio Marías determinó en 15 años: “Desde luego, la duración de las generaciones tiene que ser muy próxima a los 15 años, porque alrededor de esa edad se sale de la niñez, hacia los 30 se inicia la actuación histórica, ésta dura unos 30 años” (Marías 1949, 163).[ 1 ]

Aun cuando el autor se adhirió al recorte cuantitativo fijado en el margen entre 10 y 15 años, también formuló cuestionamientos respecto a constituir las generaciones única o principalmente a partir de criterios biológicos: “¿No se cometerá un equívoco al interpretar las generaciones desde el punto de vista de la edad, entendiendo ésta de manera biológica, cuando advertimos, aun en ellas, una componente histórica decisiva?” (Marías 1949, 18). El autor reconoce que la cuantificación no impone la exactitud, lo cual no invalida su utilidad: “Como número que precisamente excluye la exactitud matemática, hay que admitir necesariamente el 15; pero no nos obligamos a esa cifra exacta, la realidad empírica de la historia podría mostrar alguna variación –siempre pequeña–” (Marías 1949, 164).

Reformulaciones generacionales en la modernidad tardía

Durante las décadas de 1960 y 1970, con el advenimiento de profundos procesos de cambios sociales y de revueltas populares e insurreccionales en países occidentales, el debate acerca de las generaciones se asoció directamente con la participación política juvenil en los procesos de cambio social: “El conflicto intergeneracional entre jóvenes y adultos se hace especialmente evidente en la década del 60 y 70 del pasado. Jóvenes con otras formas de entender el mundo se hacen fuertes ante la generación de sus padres con actitudes y valores rompedores con el sistema de valores vigentes” (Caballero Guisado y Baigorri Agoiz 2013, 25). Durante estas décadas, las tensiones entre jóvenes y adultos también llevaron a repensar la duración de las generaciones –e incluso si continuaba teniendo sentido hablar de generaciones en sí mismas–, en virtud de un nuevo clima de época posmoderno o de modernidad tardía en el cual los valores e identidades tradicionales de la modernidad fueron puestos en cuestión (Casullo 1993). Para Andreas Huyssen, “el posmodernismo de los 60 se caracterizaba por una imaginación temporal dotada de un poderoso sentido de futuro y de nuevas fronteras, de ruptura y discontinuidad, de crisis y conflicto generacional” (1987, 13). En la pluma de Huyssen, se percibe la turbulencia que implicó para las vanguardias artísticas en particular, pero para la sociedad en general, atravesar las décadas de 1960 y 1970, en la medida en que la pérdida de identidades sólidas y la sensación de discontinuidad respecto a las generaciones anteriores coexistía con “imaginaciones temporales” –tomando un concepto de este autor– que a su vez podían ser pensadas como productoras de nuevas generaciones. El problema, entonces, se agudizará para los y las jóvenes de finales del siglo XX que, por un lado experimentarán una relación traumática con la propia noción de generación, al tiempo que se constituirán en un actor decisivo –de carácter generacional– en las transformaciones sociales.

El fuerte carácter juvenil de las revueltas sociales de dichas décadas –como en el caso de Mayo del 68 en Francia o de Córdoba en 1969 en Argentina– pudo haber expresado algunas dimensiones del conflicto intergeneracional entre los activistas adultos y jóvenes. Es que justamente esta presencia juvenil en los procesos de transformación política coexistió con el llamado “vacío generacional” (Leccardi y Feixa 2011) o la denominada “brecha política generacional” (Mead 1970; Thomas 1971), los cuales se constituían a partir de la tensión entre la herencia respecto de las formas tradicionales de hacer política y la emergencia de nuevos movimientos emancipatorios (Offe 1992).

Este debate se asentó con fuerza en Europa durante las últimas décadas del siglo XX cuando cobraron relevancia conceptos como el de “disparidad intergeneracional”, en la medida en que en estas sociedades “–en que un número de generaciones adultas conviven en la escena social– conllevan una serie de problemas nuevos y urgentes, en particular la relación de justa distribución de la riqueza” (Leccardi y Feixa 2011, 29). Esto implicó la constitución de nuevos contratos sociales entre las generaciones adultas y las jóvenes (Bengtson y Achenbaum 1993). Estas tensiones y conflictos son los que llevaron a que, durante la década de 1980, se desarrollaran algunos estudios desde la sociología y la psicología que renovaron la mirada respecto a la constitución de las generaciones.

Braungart y Braungart (1986) clasificaron los trabajos de esta época en dos grandes enfoques: los del Abordaje del Curso de la Vida (ACV) y los del Abordaje Generacional (AG). Ambos tuvieron por objetivo observar las diferencias políticas de distintos grupos etarios en función de advertir cambios y continuidades en extendidos períodos de tiempo. Si bien en ambos enfoques se tiene en cuenta la cuestión biológica, es desde el ACV que se toma como supuesto que, en el tránsito a la adultez, se atraviesan ciertos cambios cualitativos en el psiquismo, en el funcionamiento cognitivo y en los patrones emocionales que son secuenciales, irreversibles y universales (Braungart y Braungart 1986). Por otro lado, desde el AG se sostiene que cada estadio de edad, además de tener componentes secuenciales biológicos, tiene que entenderse asociado con las propias orientaciones, necesidades e intereses de los sujetos.

No obstante, ambos enfoques coinciden en que el estadio de la juventud es de particular interés, siendo que es el momento de comenzar la independencia, de formar una identidad, de buscar la fidelidad y de encontrar la relación entre uno mismo y la sociedad (Adelson 1980). Estas características hacen de la juventud un momento crítico y esto ha sido interpretado por algunos como generador de una predisposición a los conflictos generacionales, a la rebelión y a la revolución (Erikson 1968; Feuer 1969).

Sin embargo, desde el AG se ha criticado que este énfasis en la juventud como etapa de transformaciones subjetivas ha sido desmedido desde el ACV, llegando a observar que los cambios en las actitudes políticas

responden más comúnmente a procesos biopsicológicos del individuo que a una respuesta a cualquier factor externo. Por ejemplo la protesta de estudiantes contra la guerra de Vietnam en los 60 fue interpretada desde la perspectiva del ACV como debida a los altos niveles de energía y de “rebeldía” natural de la juventud, negando los contenidos particulares, históricos y políticos de la guerra de Vietnam en sí misma (Braungart y Braungart 1986, 213).[ 2 ]

Desde una visión personal, considero pertinente en este caso la perspectiva del AG en la medida en que, sin ignorar las etapas de cambios biológicos que atraviesan los sujetos, se aleja de la mirada biologicista del ACV; así, se ha logrado tener en cuenta los desarrollos cognitivos comunes a los sujetos según su período etario, contemplando a la vez las orientaciones particulares de los sujetos en función del contexto social y cultural. Por ello, desde el AG se ha preferido el uso del término “cohorte” para referir un grupo de personas “nacidas en el mismo intervalo de tiempo y que envejecen juntas” (Ryder 1965, 844), reservando el concepto de generación para aquel conjunto de personas que no solamente comparten ser miembros de una cohorte, sino que también desarrollan una conciencia como grupo “con una serie distintiva de actitudes y comportamientos que marcan un contrapunto con aquellos de otros grupos en la sociedad” (Braungart y Braungart 1986, 213).

En una breve tipología que resume el recorrido cronológico propuesto desde esta mirada, los citados Braungart y Braungart (1986) presentaron tres tipos de significados a los que puede remitir una generación:

a. Generación como descendencia, por ejemplo la generación de los padres.

b. Generación como cohorte o grupo etario, como la cohorte de 1920.

c. Generación como generación política o grupo etario especial que se une para trabajar por el cambio social y político, por ejemplo la generación de 1960.

Si bien cada uno de estos tipos presenta su propia potencialidad interpretativa, considero que los desarrollos más destacados en la teoría social contemporánea, sobre todo en lo que se refiere al estudio del activismo político y de los movimientos sociales, han partido de una conjunción de los tipos b y c. Más adelante, me adscribo a una definición de generación política en línea con esta tipología sociológica.

Para ello, tomo en cuenta también los aportes de Gérard Mauger, quien amplió el espectro analítico reconociendo que existen dos formas de analizar las generaciones, una definición estrecha (que homologa generación a un campo precisamente definido del espacio social) y otra definición amplia donde

la extensión de una generación en el espacio social puede variar (…) de la entrada en el mismo momento en una misma profesión (que supone un mismo “modo de generación”) a la simple participación en un mismo “acontecimiento-fundador” (como una guerra o una crisis política: la guerra de Argelia o Mayo 68), de la confrontación a una misma situación (la crisis del mercado de empleo, por ejemplo) (Mauger 1986, en Criado 2002).

De esta forma, si se leen los aportes de Mauger a la luz de la tipología presentada anteriormente, se observa que esos tipos resultan pertinentes en la medida en que no sean pensados como compartimentos estancos, independientes por completo el uno del otro, sino que, para la correcta comprensión de un fenómeno tan amplio y complejo como el de las generaciones, los tipos deben mixturarse y complementarse.

Auge de la posmodernidad y crisis de paradigma

Como se ha presentado, el concepto de generación ha servido para caracterizar principalmente a grupos sociales primordialmente jóvenes, socializados en torno a eventos históricos relevantes que signaron su conformación identitaria y que los tuvieron como protagonistas en la sociedad: “La historia del siglo XX puede verse como la sucesión de diferentes generaciones de jóvenes que irrumpen en la escena pública para ser protagonistas en la reforma, la revolución, la guerra, la paz, el rock, el amor, las drogas, la globalización o la antiglobalización” (Feixa 2006, 3).

Este derrotero atravesó una crisis profunda hacia las décadas de 1980 y 1990, de la mano de la revolución en las comunicaciones y en la apertura de la llamada sociedad red (Castells 1999). Desde el campo de la literatura, Douglas Coupland publicó en 1991 la novela Generación X donde daba cuenta del surgimiento de una nueva generación, principalmente conformada por jóvenes de clase media norteamericanos y atravesada por el uso de las nuevas tecnologías. Un par de años más tarde y desde la academia, Don Tapscott (1998) sugirió la emergencia de una “generación red” que se asociaría con la “generación X” sugerida por Coupland. Las características principales de esta generación serían haber estado rodeadas de instrumentos tecnológicos desde la niñez hasta la adolescencia. La profundización de los procesos de mundialización (Amin 1997) o globalización (García Canclini 1999) durante finales del siglo XX y principios del siglo XXI impactaron directamente en estos jóvenes y, por consiguiente, en el debate acerca de la utilidad del concepto de generación para dar cuenta de la nueva realidad social.

A pesar de que el estudio generacional de las sociedades reconoce una larga trayectoria en la teoría social en general y en el campo de los movimientos sociales y del activismo en particular, durante las últimas décadas algunos autores y autoras han criticado la utilidad de las generaciones para el análisis social. Las críticas apuntan a que, en las sociedades actuales en que se viven contextos de desafiliación social y de modernidad tardía (Castel 1995), las generaciones serían construcciones ficticias que no aportan a clarificar el análisis. Ocurre que, ante la crisis de la modernidad de finales del siglo XX, se asiste a una transformación sustancial en términos de identidades colectivas. En este contexto, las viejas identidades universales, sólidas y homogéneas, habrían dejado lugar a nuevas identidades de carácter provisorio y “blando”. A partir de allí, la utilización de categorías sociológicas tales como generación entrarían en un terreno de una mayor complejidad.

Es desde esta mirada que se ha sostenido que la utilización de las generaciones en la actualidad podría no resultar pertinente, siendo que los rasgos generacionales durante el período de modernidad tardía no son tan claros como para agrupar a sujetos en generaciones firmemente diferenciadas de otras. En tal sentido, el uso de las generaciones tal como se viene pensando desde las ciencias sociales estaría agotado: “No habría que pensar, hoy, hasta qué punto la productividad de esta idea de generación, que alguna vez quiso decir algo –o mucho– en los lenguajes políticos (…), debía su eficacia a cierta filosofía de la historia que hoy nos ha abandonado” (Rinesi 2010, 8).

Desde la misma perspectiva crítica, también el mencionado Donati planteó que “las generaciones, así como las ha pensado, representado y vivido la tradición moderna, han desaparecido. Los jóvenes, particularmente sensibles a este tema, sienten ser una no-generación, hablan de sentimientos que no los unen a alguna generación” (Donati 1999, 1). A pesar de la crítica, Donati –al igual que otros autores que se verán a continuación– no concluye de la misma forma de Eduardo Rinesi –sugiriendo la invalidez del concepto o su aparente obsolescencia– sino que propone reconstruir las generaciones desde una lógica relacional donde se considere tanto la posición del sujeto en un contexto histórico como su relación con otros ámbitos de la vida social, como por ejemplo la interacción entre sujeto y familia nuclear (Donati 1999).

Del mismo modo que Donati, una serie amplia de autoras y autores contemporáneos enfocan desde un doble prisma la cuestión de las generaciones en la posmodernidad; por un lado, ponen el acento en la dificultad de pensar en generaciones sólidas y estables tal como pudo llevarse a cabo durante el siglo XX. Por otro lado, refuerzan la utilidad del concepto de generación, pero reformulando algunos de sus supuestos básicos.

En este último campo resultan decisivos los aportes de Ulrich Beck y Elisabeth Beck-Gernsheim, quienes sostuvieron que, a principios del siglo XXI puede observarse la emergencia de una generación global (Beck y Beck-Gernsheim 2008). Esta generación global se contrapondría a la clásica noción de generación ligada con los límites de los Estados nacionales: “La autodefinición de la primera modernidad ha quedado tocada en su esencia, sus premisas básicas de frontera, seguridad y racionalidad se han vuelto cuestionables (…) he ahí que, y esta es nuestra tesis, la idea de generaciones cerradas en términos nacionales sea históricamente obsoleta. Lo que necesitamos es un concepto de generación global” (Beck y Beck-Gernsheim 2008, 12). Martínez Cano sugirió que, para estos autores, la nueva generación global alude “al conjunto de seres humanos que empiezan a tomar consciencia de las realidades políticas, económicas, sociales e internacionales, eventos y situaciones con implicaciones globales que atañen a todas las instituciones políticas del aparato internacional. Dinámicas y problemas globales que sobrepasan las barreras del Estado moderno” (Martínez Cano 2013, 304). Es decir que para ellos y ellas las “experiencias que crean lazos” –en palabras de Mannheim– o la “imaginación temporal” –en palabras de Huyssen–, factores que llevan a la constitución de generaciones, se debe pensar a escala global, con la consiguiente superación de las fronteras nacionales que dicha escala supone.

Esta concepción de la generación como generación global no puede disociarse a la vez del debate más general de la teoría política acerca de la relación entre los Estados nacionales y el sistema político a escala planetaria. Aunque ya desde mediados de la década de 1960 teóricos como Immanuel Wallerstein sugirieron la existencia de sistemas-mundo (Wallerstein 1989) cuyos modos de producción y dominación debían ser comprendidos allende las fronteras nacionales, es desde la caída del bloque de países socialistas hacia finales de la década de 1980 y durante el auge de la expansión global neoliberal de la década de 1990, que proliferaron los debates acerca del fin del Estado nación (Hein 1994; Ohmae 1997).

Según Manuel Castells, el Estado nación parece, en efecto, cada vez menos capaz de controlar la globalización de la economía, de los flujos de información, de los medios de comunicación y de las redes criminales. Sin embargo, este autor no advierte un fin del Estado nación sino una reformulación del mismo: “No estamos ante el fin del Estado, ni siquiera del Estado nación, sino ante el surgimiento de una forma superior y más flexible de Estado que engloba a las anteriores, agiliza a sus componentes y los hace operativos en el nuevo mundo a condición de que renuncien al ordeno y mando” (Castells 1997, 5). Según Wolfgang Hein (1994), existe un proceso de traspaso de la soberanía política del Estado nación a instancias globales. En ese marco, la definición clásica acerca de la constitución de las generaciones, influenciadas solo o principalmente por los sucesos políticos a nivel local “quedó obsoleta y debía ser reemplazada por una nueva visión basada en un cosmopolitanismo metodológico, en una visión universal de los factores que afectan a las generaciones” (Leccardi y Feixa 2011, 28); esta perspectiva, no obstante, también parte de reconocer las heterogeneidades que se presentan al interior de las generaciones globales.

A dicha perspectiva, que continúa la línea suscrita por Beck y Beck-Gernsheim, se suma la perspectiva de Howe y Strauss (2000) quienes

han establecido la denominación y caracterización de una nueva generación millenial, que ha sido adoptada por los medios, educadores y servicios de marketing (aunque a éste le han seguido otros desarrollos aplicados a la escuela, el trabajo, etc.), cuya problemática al entrar en la juventud (o edad adulta joven según la terminología de los autores) parece responder al arquetipo (Caballero Guisado y Baigorri Agoiz 2013, 32).

También Henry Giroux, desde la pedagogía crítica, coincide en la evaluación respecto a una crisis identitaria y social que la posmodernidad ha generado en el campo de las generaciones: “La inestabilidad y transitoriedad, generalizadas en una generación de juventud fronteriza que está entre los 18 y los 25 años, están fuertemente relacionadas con un conjunto de condiciones culturales posmodernas” (Giroux 1996, 10). Esa inestabilidad posibilita, en palabras del autor, una juventud fronteriza con pocas referencias psicológicas o intelectuales firmes, y signada por la pluralidad y la contingencia: “Al no pertenecer ya a ningún lugar o entorno fijo, la juventud habita recientemente en esferas culturales y sociales cambiantes y caracterizadas por una pluralidad de lenguajes y culturas” (Giroux 1996, 10). Como se observa, al igual que Donati pero a diferencia de Rinesi, Giroux da cuenta de las dificultades y de la inestabilidad cultural que atraviesan la conformación de las generaciones en la posmodernidad, aunque no descarta una aplicación particular de este concepto para los y las jóvenes de finales del siglo XX.

Generaciones, política y movimientos sociales



Una generación es un hecho colectivo; no es la adición de individuos sino la multiplicación de las preocupaciones singulares en pactos de discusión y cooperación comprometida.

Fuente: Omar Acha (2008)

En los apartados anteriores se puso en consideración algunas dimensiones de la producción sociológica en clave generacional y varios de los cuestionamientos actuales a su aplicación. Ese recorrido fue desde los orígenes de la aplicación del concepto –ligado con la contemporaneidad cronológica–, pasando por los desarrollos biologicistas, hasta llegar a miradas amplias y comprensivas que contemplan las orientaciones subjetivas y los contextos históricos como fundamentales en la constitución de las generaciones; también se dio cuenta de las objeciones al concepto de generación a partir de las identidades provisorias y precarias que la sociedad posmoderna conllevaría. En dicho recorrido, queda del todo confirmado que la utilización del término generación ha provocado fecundos debates en el campo de la teoría social.

Este recorrido confirma que el propio concepto de generación presenta varios debates y problemas en función de su operacionalización. Es evidente también que uno de los campos de indagación en torno a la utilidad del concepto tiene que ver con el tipo de confección del recorte, es decir, con los criterios biológicos, sociales, históricos y/o cronológicos a partir de los cuales se determina quiénes conforman y quiénes no conforman una generación. Existe otro campo de indagaciones que remite más directamente a la utilidad o no de un concepto que, más allá de cómo sea definido, respondería a una “filosofía de la historia” –en palabras de Rinesi–, lejana a las realidades sociales que nos rodean, principalmente desde la consolidación de la posmodernidad y el auge de la sociedad red. Por ello, tras lo visto, se recupera la pregunta que titula este trabajo: ¿existen las generaciones? O, como indagación que conlleva un “parecido de familia” con esta última: ¿cómo es posible en nuestro tiempo confeccionar y delimitar una generación en términos sociológicos?

Existe un riesgo de simplificación evidente alrededor de la aplicación del concepto de generación en la investigación social empírica. La misma vendría dada, en términos metodológicos, por lo esquemático que puede resultar delimitar un grupo generacional solamente estableciendo un recorte etario. Descartado dicho criterio biologicista, apelar a un criterio únicamente de autoadscripción –es decir por el cual incluir en una generación a determinados sujetos en función de su propio reconocimiento como parte de dicha generación– presenta limitaciones evidentes en términos de relevancia metodológica: se corre el riesgo de reproducir meramente la opinión de los sujetos investigados; pero especto del caso Atan entonces 015.a pesar de ello, personalmente reafirmo la utilidad y pertinencia del concepto de generación para ser trabajado actualmente en el ámbito del análisis sociológico con movimientos sociales.

Para concebir y caracterizar hoy en día a una generación, propongo en primer lugar recuperar los aportes de Philip Abrams (1982) que ayudan a comprender a la generación desde la perspectiva sociológica. Esta perspectiva permite entender que una generación “es el período de tiempo durante el cual una identidad se construye sobre la base de los recursos y significados que socialmente e históricamente se encuentran disponibles” (Leccardi y Feixa 2011, 18). La mirada de Abrams profundiza y expande la noción histórico-social de la generación, ya presente en el enfoque de Manheimm, relacionándola con la noción de identidad, tan cara al enfoque analítico de observación de los movimientos sociales (Touraine 1988; Melucci 1989; Pizzorno 1989).

Por otra parte, coincido en que “las generaciones sociológicas no se siguen las unas a las otras sobre la base de una cadencia temporal reconocible establecida por una sucesión de generaciones biológicas. En otras palabras, no existe un tiempo normalizado con el cual medir o predecir su ritmo” (Leccardi y Feixa 2011, 18). En tal sentido, es vital al momento de comprender la lógica generacional de los movimientos sociales recuperar la mirada de Julián Marías, para quien “coexisten varias generaciones en un mismo momento; es decir, que en cada fecha hay grupos de contemporáneos que no son coetáneos. Las generaciones no se suceden en fila india, sino que se entrelazan, se solapan o empalman” (Marías 1949, 154); esta advertencia es central al momento de operacionalizar el concepto de generación en el plano de la teoría política en general y, más aún, en su aplicación a los movimientos sociales. Es precisamente tomando en cuenta estas advertencias que el accionar de los movimientos sociales debe ser pensado desde la perspectiva generacional. De no ser así, se reproduciría sin duda una aplicación del concepto de generación que considero vetusta, lo que converge con las críticas antes vistas de Rinesi y de Donati.

Resulta que las perspectivas biologicistas o meramente empiristas del concepto de generación –a juicio personal– no son operativas para dar cuenta de la complejidad de las generaciones en el accionar de los movimientos sociales. Estos enfoques han llevado a asignar de manera esquemática un tipo de práctica a una determinada generación. Así, para el caso argentino, la lucha armada podría identificarse como la única forma de acción política de la generación de 1970 o la disputa electoral podría hacerlo respecto de la llamada generación de 1980 (la cual habría privilegiado la participación en instancias institucionales y legales tras la salida del período dictatorial); finalmente, y del mismo modo, el corte de ruta –popularizado bajo el nombre de “piquete”– podría ser sinónimo único de la generación política de 2000 y de los movimientos sociales que emergieron en dicho contexto.

Esta manera de asignar de modo directo un tipo de práctica empírica a una determinada generación puede ofrecer finalmente un panorama del todo esquemático en función de la multiplicidad de aspectos que nutren a una generación política, a la vez que puede invisibilizar la coexistencia de generaciones en un mismo tiempo histórico, considerando el entrelazamiento generacional que sugirió Marías. Por el contrario, recuperar la categoría de generación como concepto analítico permite evitar la asignación lineal de un tipo de acción política a una generación determinada. En función de evitar dicho esquematismo, considero que deben tenerse en cuenta las orientaciones y sentidos que los actores (individuos, grupos y movimientos) asignan en clave generacional a su acción. Por ello, para la confección generacional, reafirmo la necesidad de distinguir conceptualmente entre cohorte –entendida como personas nacidas en el mismo intervalo de tiempo– y generación, recuperando para esta última los enfoques del Abordaje Generacional (AG) antes citado.

Entiendo así a las generaciones como grupos que comparten la existencia social en términos de un colectivo de identidad, en un período temporal delimitado. Siguiendo a Alberto Melucci, una identidad colectiva es “una definición interactiva y compartida, producida por varios individuos que interactúan y que hace referencia a las orientaciones de su acción, así como al ámbito de oportunidades y restricciones en el que tiene lugar la acción” (Melucci 1989, 34). La cuestión identitaria funciona como punto de articulación entre el concepto de generación y el de movimiento social. Esto es así en la medida en que, tal como se sugirió desde el enfoque analítico, los movimientos sociales no deben entenderse como unidades empíricas unitarias, sino como construcciones analíticas donde los actores expresan orientaciones y sentidos cotidianos de su participación y activismo. Desde allí, defino a un movimiento social como una asociación social estable y duradera en el tiempo, que conforma una identidad colectiva y que lleva adelante demandas que implican la ruptura con aspectos políticos, económicos y sociales del orden vigente (Longa 2016).

Respecto a la relación entre generaciones y acción política en el ámbito de los movimientos sociales, si una generación política surge cuando un grupo rechaza el orden existente e intenta redirigir el curso de las políticas como su “misión generacional” (Braungart 1984), se puede identificar entonces en los movimientos sociales la existencia de identidades colectivas encarnadas en generaciones políticas: esto ocurre cuando estas identidades se mantienen a lo largo de un segmento temporal lo suficientemente significativo como marcar una época en el ámbito público.

Por ello, desde este enfoque, en los movimientos sociales las generaciones políticas se constituyen en el momento en que los lazos de identidad se estrechan al interior de un grupo, subjetivando a un “nosotros” colectivo (Lewkowicz 2003). De tal forma, es posible entender a las generaciones políticas como grupos de militantes y miembros de movimientos sociales que comparten la existencia social en términos de un colectivo de identidad y que coexisten en un período temporal delimitado. Así, la identidad política que contiene cada generación se expresa en las formas de construcción política del movimiento, a la vez que la dinámica del movimiento social permea las identidades de las distintas generaciones militantes que coexisten en el movimiento.

Es precisamente desde esta perspectiva que, en el campo específico del análisis de los movimientos sociales latinoamericanos, la confección de generaciones ha demostrado una creciente utilidad para entender las continuidades y rupturas en las formas organizativas y las subjetividades políticas a lo largo del tiempo; varios estudios sobre movimientos sociales en la región demuestran esta afirmación (Zibechi 2003; Bonvillani et al. 2008; Vázquez 2008).

Conclusiones

En el presente trabajo se problematizó la utilización del concepto de generación en la teoría social contemporánea desde sus primeras aplicaciones, ligadas con la contemporaneidad cronológica, y luego por los enfoques biologicistas hasta la actual “crisis” del concepto, donde algunos autores y autoras sostienen que, en el marco de la precariedad de las identidades característica de la sociedad posmoderna, hablar de generaciones resultaría obsoleto.

Se ha ofrecido una mirada personal al respecto que, si bien toma en cuenta los reparos actuales a la utilización de categorías sociológicas fuertes que parecerían construidas para la comprensión de sociedades con reglas más estables, sustenta la fertilidad del término generación para la actualidad. Esta fertilidad, no obstante, requiere la utilización del concepto a partir de una nueva mirada que logre contemplar las transformaciones en las identidades sociales de los últimos tiempos y que parta de una perspectiva analítica. De esa forma, considero pertinente reafirmar la fertilidad del concepto de generación en la medida en que se tenga en cuenta los procesos particulares y subjetivos en función de los condicionantes históricos y sociales que vive cada grupo social al momento de constituir aquel “nosotros colectivo”, trascendiendo el naturalismo tal como sugería Marías.

Dentro de ese campo de indagaciones, se recupera especialmente el concepto de generación política como herramienta conceptual clave para analizar algunos aspectos de las dinámicas sociales, principalmente los que se refieren al activismo y a la construcción social y política de los movimientos sociales en la actualidad. Las generaciones políticas que se advierten al interior de los movimientos sociales no deben pensarse como bloques monolíticos en los cuales se expresan orientaciones unívocas y sin fisuras, sino como herramientas conceptuales capaces de aprehender fenómenos sociales complejos y mixturados.

De esta forma, el concepto de generación política, en el marco del accionar de los movimientos sociales, permite atender tanto a los aspectos de identidad como los rasgos biológicos que nutren la acción colectiva. Estos aspectos se configuran, modifican y reactualizan en función de los recursos y significados que “históricamente se encuentran disponibles”, tal como sugirió Abrams. Por ello, se concluye y reafirma que resulta posible analizar ciclos políticos de los movimientos sociales, atendiendo a los modos y orientaciones en la acción política que expresan las diversas generaciones políticas al interior de dichos movimientos. Para esto, se debe evitar priorizar aspectos biológicos al momento de confeccionar una generación o aspectos empíricos para traducir la acción política de dicha generación en el marco de un movimiento social. No se propone identificar de manera lineal y esquemática un tipo de acción empírica a una generación determinada, sino observar sentidos que los propios actores –autorreconociéndose en aquellas “experiencias que crean lazos”– asignan a su acción política dentro del movimiento social.

En suma, las conclusiones del presente análisis dejan en claro que no se trata de recuperar el concepto de generación política desde una mirada nostálgica ni esencialista, mucho menos únicamente biologicista, sino de pensar nuevos enfoques actuales para la utilización de un concepto que sigue otorgando amplia capacidad analítica, principalmente para el estudio de las orientaciones de los y las activistas en los movimientos sociales contemporáneos.

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Notas

1 Cursivas en el original.
2 Traducción propia.

Notas de autor

1 Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires (UBA), Argentina. Becario posdoctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), Argentina.
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